Juana de Arco: la campesina de 17 años que ganó una guerra

En 1429, una adolescente analfabeta de una aldea perdida de Lorena se presentó ante el heredero al trono de Francia y le anunció que iba a expulsar a los ingleses del país. Lo asombroso de la historia de Juana de Arco no es que dijera algo así, sino que la escucharan, le dieran un ejército y, sobre todo, que cumpliera lo prometido.

Dos años después estaba muerta, quemada viva a los diecinueve años. Y quinientos años más tarde, la misma institución que la condenó la declaró santa.

Juana de Arco

Francia al borde del abismo

Para entender lo que hizo Juana hay que entender lo desesperada que era la situación.

La Guerra de los Cien Años llevaba casi un siglo desangrando Francia. Los ingleses, aliados con los borgoñones, controlaban París y buena parte del norte. El heredero legítimo, Carlos de Valois, no había podido siquiera coronarse: la catedral de Reims, donde la tradición exigía que se ungiera a los reyes franceses, estaba en territorio enemigo.

Y en octubre de 1428 los ingleses pusieron sitio a Orleans, la última gran plaza que bloqueaba su avance hacia el sur. Si Orleans caía, la resistencia francesa se acababa.

Quién era Juana de Arco antes de Orleans

Juana nació hacia 1412 en Domrémy, una aldea campesina. No sabía leer ni escribir; firmaba con una cruz o con su nombre copiado torpemente.

Desde los trece años afirmaba oír voces que identificaba con san Miguel, santa Catalina y santa Margarita, y que le ordenaban liberar Francia y llevar a Carlos a Reims para ser coronado.

Lo notable es lo que hizo con esa convicción. Convenció a un capitán local para que la escoltara, atravesó cientos de kilómetros de territorio hostil vestida de hombre y consiguió una audiencia con el heredero. En la corte la sometieron a semanas de interrogatorios por parte de teólogos y clérigos, que no encontraron nada objetable en ella.

Carlos, que no tenía mucho más que perder, decidió apostar por ella.

Nueve días en Orleans

Juana llegó a Orleans el 29 de abril de 1429. La ciudad llevaba siete meses sitiada.

El sitio se rompió en nueve días.

El detalle importante es que Juana no era una estratega militar: no dirigía las operaciones, que quedaban en manos de capitanes veteranos. Lo que aportó fue otra cosa, y resultó ser decisiva. Su presencia transformó un ejército derrotado y desmoralizado en una fuerza convencida de que Dios estaba de su lado.

Durante el asalto a las Tourelles fue herida por una flecha en el hombro. Se retiró, se hizo sacar la punta y volvió al frente esa misma tarde. Los ingleses levantaron el sitio al día siguiente.

En las semanas siguientes llegaron más victorias, y el 17 de julio de 1429 Carlos fue coronado rey en la catedral de Reims con Juana presente, sosteniendo su estandarte.

Juana de Arco

Había cumplido, punto por punto, lo que había anunciado.

La captura y el juicio

La suerte de Juana de Arco cambió en 1430. Durante una salida en Compiègne fue derribada del caballo y capturada por tropas borgoñonas.

Y entonces ocurrió lo que más cuesta explicar de toda su historia: Carlos VII, el rey al que ella había coronado, no hizo nada. No pagó rescate, no negoció, no intervino. Los borgoñones la vendieron a los ingleses por diez mil libras.

El juicio que siguió no buscaba la verdad, sino un resultado. Si se demostraba que Juana era una hereje, la coronación de Carlos quedaba manchada por asociación. Presidía el tribunal el obispo Pierre Cauchon, un partidario declarado de los ingleses. A Juana se le negó abogado, se la interrogó durante meses sin descanso y se la mantuvo encadenada en una celda vigilada por soldados.

Aun así, las actas —que se conservan íntegras— muestran a una chica de diecinueve años sin instrucción sorteando trampas teológicas planteadas por doctores de la Universidad de París. Cuando le preguntaron si estaba en gracia de Dios, una pregunta diseñada para condenarla respondiera lo que respondiera, contestó que si no lo estaba, que Dios la pusiera en ella, y que si lo estaba, que Dios la mantuviera.

La condenaron por herejía. El 30 de mayo de 1431 fue quemada viva en la plaza del Viejo Mercado de Ruan.

La rehabilitación: cuando le dieron la razón

En 1456, veinticinco años después de su muerte, un nuevo proceso impulsado por su familia y autorizado por el papa Calixto III revisó el juicio, lo declaró viciado y anuló la sentencia. Juana fue rehabilitada y declarada inocente.

Tuvieron que pasar casi cinco siglos más para el paso final: en 1920, la Iglesia católica la canonizó. La misma institución que la había enviado a la hoguera la convirtió en santa y, con el tiempo, en patrona de Francia.

Por qué la historia de Juana de Arco sigue impresionando

Juana de Arco es uno de los personajes mejor documentados de toda la Edad Media. Conservamos las actas completas de su condena y de su rehabilitación, con testimonios de quienes la conocieron, la interrogaron y combatieron a su lado. No es una figura reconstruida a partir de leyendas: sabemos qué dijo y cómo lo dijo.

Y precisamente por eso resulta tan difícil de encajar. Cada época la ha reclamado para sí: santa, heroína nacional, símbolo revolucionario, icono feminista. Debajo de todas esas capas hay algo mucho más simple y más asombroso: una adolescente sin poder, sin dinero y sin educación que decidió que la guerra podía ganarse, convenció a un reino entero de que tenía razón, y lo demostró antes de que la traicionaran.

Como tantas otras mujeres que la historia olvidó o reescribió a su medida, tardaron siglos en devolverle su nombre.

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